Colombia es, sin duda, un país de emprendedores. Según el más reciente informe del Global Entrepreneurship Monitor (GEM) 2023–2024, cerca del 18% de la población adulta está involucrada en emprendimientos en etapa temprana. Es decir, casi uno de cada cinco colombianos está creando empresa o gestionando un negocio joven. Emprender es un estilo de vida bien visto en nuestro país y un empresario exitoso goza de reconocimiento y estatus social. Percepción que lo hace atractivo e inspirador para cualquier persona. Las historias empresariales nos relatan los grandes resultados y el éxito actual de las grandes marcas, pero es necesario buscar información más profunda, para darnos cuenta las diferentes situaciones, retos y obstáculos que tuvo que sortear el creador de un negocio para lograr sostener una empresa en Colombia por más de 5 años y mejor aún, volver a intentarlo después de su primer fracaso.

Desde mi rol como consultor y asesor en emprendimiento, a lo largo de casi 16 años de experiencia, he comprendido que muchos colombianos no emprenden desde una oportunidad estratégica claramente identificada, sino desde una necesidad económica urgente. En ese contexto, el emprendimiento no nace como una apuesta calculada, sino como una respuesta inmediata a la falta de empleo formal o de ingresos estables. Esto no disminuye el valor de su decisión; por el contrario, la hace profundamente humana. Pero sí es clave para escuchar y entender el tipo de acompañamiento que requieren.

Pensemos en un joven de la zona rural antioqueña. Creció entre cultivos, madrugadas frías y conversaciones sobre precios del café, del maíz o del ganado que “esta vez sí iban a mejorar”. Escuchó durante años a sus padres decirle: “Estudie, mijo, para que no le toque esta vida tan dura”.

Pero estudiar no era sencillo. Los recursos eran limitados y las oportunidades escasas. Aun así, con la berraquera que aprendió en casa, logró graduarse de un instituto tecnológico. Y lejos de alejarse del campo, decidió volver a él con una idea distinta: desarrollar un proyecto de meliponicultura que aprovechara la riqueza de las abejas nativas sin aguijón, protegiera la biodiversidad y generara ingresos sostenibles para su comunidad.

En casi todos los casos, los creadores de estos proyectos enfrentan obstáculos para los que nadie los preparó —ni siquiera en la carrera más avanzada o en la mejor universidad del país. No se trata solo de competitividad de mercado, cálculo de márgenes o indicadores financieros. Se trata de manejar el miedo al rechazo de un cliente, la frustración cuando un lote falla, la tensión al liderar un equipo por primera vez o la incertidumbre de invertir los pocos ahorros disponibles. Son desafíos profundamente humanos. Y si los programas de fortalecimiento no los reconocen, terminamos enseñando más a estructurar empresas, pero no a sostener emprendedores.

El Valle de la Muerte y el “Fracaso” empresarial.

En Colombia, el llamado “valle de la muerte” empresarial no es una metáfora exagerada, es una realidad estadística. De acuerdo con el estudio de supervivencia empresarial realizado por Confecámaras con datos del Registro Único Empresarial y Social (RUES), solo el 33,5 % de las empresas creadas en 2017 seguían activas cinco años después. En otras palabras, siete (7) de cada diez (10) negocios formales no logran superar su primer quinquenio. Este “fracaso” puede estar aún más marcado en las microempresas que representan la mayoría del tejido productivo nacional.  El estudio de Confecámaras no solo revela los datos de supervivencia, sino que también identifica los factores que condicionan esa permanencia como son: estructura organizacional, acceso a mercados y financiamiento, dinamismo sectorial y entorno para hacer negocios.

Pero quizá hay una serie de preguntas que aún no estamos midiendo con suficiente profundidad: ¿qué estaba ocurriendo en la mente y en el corazón de esos emprendedores cuando su empresa dejó de existir? Las cifras de supervivencia nos hablan de acceso a crédito, tamaño empresarial o dinamismo sectorial, pero poco nos dicen sobre la capacidad del líder para gestionar la frustración, el miedo al fracaso, la presión financiera o la soledad en la toma de decisiones. En un país donde la mayoría de las empresas son micro y donde el emprendimiento muchas veces nace desde la necesidad, la estabilidad emocional del empresario puede ser tan determinante como el flujo de caja. Sería profundamente revelador que, además de medir ventas y márgenes, empezáramos a medir resiliencia, autoconfianza, manejo del riesgo y habilidades de liderazgo. Tal vez descubriremos que el “valle de la muerte” no es solo un problema estructural del mercado, sino también un desafío humano que requiere acompañamiento integral y no únicamente asistencia técnica.

En ecosistemas empresariales como el de Silicon Valley, el fracaso no es un estigma sino una credencial de aprendizaje. Allí se popularizó la expresión fail fast, fail often, que no invita a fracasar por descuido, sino a experimentar rápido, validar una hipótesis pronto y aprender antes de comprometer recursos irreversibles. En ese entorno, cerrar una empresa no necesariamente desacredita al emprendedor; al contrario, puede fortalecer su perfil al evidenciar experiencia, resiliencia y capacidad de adaptación. En otras palabras, significa ser un “emprendedor sostenible” que construye una carrera emprendedora con sentido, aprendizaje y evolución constante. Significa poner en el centro a la persona antes que al negocio: comprender su historia, su contexto, sus motivaciones y las heridas que deja cada intento fallido. Implica ayudarle a entender que un cierre empresarial no es el final de su camino, sino una etapa de formación que fortalece su criterio, su carácter y su capacidad de decisión.

¿Qué es escuchar al emprendedor?

En la labor como consultor empresarial, escuchar al emprendedor no es simplemente preguntarle por sus ventas, sus costos o su proyección de mercado. Es reconocer que detrás del plan de negocios hay una persona que enfrenta dudas, presiones familiares, expectativas sociales y una profunda carga emocional. Escuchar es comprender que emprender no es solo un acto económico, sino un proceso humano atravesado por el miedo al fracaso, la incertidumbre frente al futuro y la responsabilidad de sostener un sueño —propio y muchas veces colectivo—. Cuando los programas de fortalecimiento se limitan a indicadores financieros, corren el riesgo de intervenir la empresa, pero no necesariamente de fortalecer al empresario. Y sin un empresario fortalecido, difícilmente habrá empresa sostenible.

Pensemos nuevamente en aquel joven emprendedor rural que decidió apostarle a la meliponicultura para conservar abejas nativas y generar valor en su territorio. Sus miedos no se limitan a si logrará vender la miel o si el mercado entenderá su propuesta de valor. También teme defraudar a sus padres que esperaban que “estudiara para no sufrir en el campo”, teme que una mala cosecha afecte su flujo de caja, que una enfermedad en las colmenas arrase con meses de trabajo o que los clientes no paguen a tiempo. Siente la presión de liderar equipos cuando aún está aprendiendo a liderarse a sí mismo, y la soledad de tomar decisiones estratégicas sin referentes cercanos. Estos temores no aparecen en el balance general, pero influyen directamente en cada decisión que toma y en su capacidad de persistir cuando el panorama se vuelve adverso.

El Rol de los profesionales y las instituciones.

Diseñar programas integrales de acompañamiento implica entonces que los diferentes actores del ecosistema —cámaras de comercio, universidades, entidades públicas, aceleradoras y consultores— amplíen su mirada. No se trata solo de enseñar a calcular costos o estructurar un pitch, sino de incorporar espacios de mentoría emocional, liderazgo consciente, gestión del fracaso y construcción de resiliencia. Significa articular redes de apoyo, pares que compartan experiencias, acompañamiento psicológico cuando sea necesario y procesos formativos que fortalezcan la identidad empresarial. Si queremos reducir el “valle de la muerte” empresarial, necesitamos programas que no solo incuben empresas, sino que formen empresarios capaces de sostenerse, reinventarse y volver a intentarlo con mayor madurez. Porque al final, la sostenibilidad empresarial comienza por la sostenibilidad humana del emprendedor.

Por

Wilson Ospina

Febrero 23 – 2026

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